Donde pone el ojo pone la vaca

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Juan García es uno de los asesores de cabañas y establecimientos ganaderos más respetados del país. El tresarroyense sólo terminó el secundario, todos los conocimientos en ganadería los obtuvo en base a trabajo y a observar a los que más sabían. Así logró ejercitar su mirada para potenciar rodeos y hoy asesora a 17 firmas en Argentina y México.

Fuente: La voz del Pueblo

No tiene doctorados, ni maestrías, ni título universitario. En algún cajón guarda el diploma que le entregaron cuando terminó el secundario en el Colegio Nacional de Tres Arroyos. Por ahí también debe andar el certificado del curso de inseminación que hizo en la cabaña La Legua de Coronel Pringles a fines de los 90, gracias al que formalizó su relación con la mejora genética y la preparación de animales para exposiciones.
Sin embargo, es habitual que a Juan García le digan “el especialista” o “el genetista”. Es más, Alfredo Gusmán, el presidente de la Asociación Argentina de Angus, cada vez que tiene un micrófono a mano lo define como “uno de los asesores más prestigiosos que tenemos”.
Varios rincones de su casa atesoran banderas de animales campeones, cucardas y fotos que justifican las palabras del mandamás de la raza más popular del país. Aunque si se trata de evidencias que prueban que este tresarroyense autodidacta se transformó en una eminencia de los potreros y los corrales basta con repasar el listado de cabañas y establecimientos que asesora por estos días: son 17, repartidos entre la provincia de Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, Mendoza, San Luis, Santa Fe y México.
– ¿Cómo te definís? Para muchos sos genetista. 
– Un genetista es un megaprofesional. Yo soy una especie de coordinador. Me hubiera gustado estudiar veterinaria, pero soy muy limitado, no me daba para los libros. Aprendí mirando, leyendo e instruyéndome con otras personas, con gente que trabajaba muy bien. Y lo que tengo es la posibilidad de ver constantemente una gran cantidad de animales produciendo en distintos sistemas.
Con esa respuesta, Juan deja al descubierto otras de sus más valoradas cualidades, la sencillez y la humildad. En más de una hora de charla en la calidez del living de su casa, el asesor no se colgó ninguna de las medallas que se ganó o que le atribuyen todos con los que tiene relación laboral.
Cerdos
Juan Nació hace 48 años en Tres Arroyos, perdió a su papá siendo muy chico, y de la mano del médico veterinario Ricardo Errazu, el marido de su mamá, empezó a relacionarse con el campo. Primero lo acompañaba en sus recorridas, después, una vez que terminó el secundario, se sumó a trabajar al criadero de cerdos que tenía. “El despertó mi pasión por la ganadería”, cuenta.
Ya metido en el día a día del criadero descubrió que le interesaba la cría intensiva y la genética, y por otro lado, le generaba mucha curiosidad la preparación de vacunos para exposiciones. Pese a la rutina diaria, Juan tenía claro que su norte eran las vacas. Así fue que decidió trabajar en un feed lot para aprender a racionar la comida de los animales y también realizar el curso de inseminación en La Legua.
“Fue en 1999, la cabaña era furor en ese momento, hacía 1.000 toros por año, iba a las exposiciones con 50 animales. Era un show fenomenal”, recuerda. El curso duró una semana y Juan aprovechaba cada rato libre para ir a ver cómo trabajaba el cabañero y ayudarlo en lo que pudiera. Empezaba a aprender el oficio.
Entonces redobló la apuesta y comenzó a ir a las exposiciones con La Legua a ayudar en la preparación de los animales. Sin cobrar un peso, obvio. Pero para Juan la ganancia era la experiencia. Fueron alrededor de dos años de colaborar y nutrirse, tiempo en el que formalizó su relación con Marcela y llegaron las gemelas Mercedes y Pilar. Entonces además de seguir aprendiendo el oficio, el tresarroyense necesitaba engordar la billetera.
El quiebre se dio en el otoño de 2003, en un día de campo de La Legua. De la jornada participó Juan Ezcurra, un reconocido consultor y asesor de cabañas que Juan cruzaba en las exposiciones y decidió pedirle trabajo. Tuvo que esperarlo casi seis horas parado en el parque del establecimiento, pero valió la pena. Ezcurra escuchó el pedido y aceptó. “‘Empezás mañana’ me dijo”, recuerda con una sonrisa Juan.
Se venía encima la Exposición de Otoño y lo contrataron para que trabajara en Los Abuelos, la cabaña de Stratum S.A, ubicada en Brandsen. Era lejos, es cierto, pero se trataba de un establecimiento de punta y una oportunidad insuperable. El despegue El buen desempeño de Juan convenció a Ezcurra, Horacio Aresi y a Diego Añez, los tres socios que trabajaban en tándem, de que era el indicado para transformarse en el encargado de la cabaña. “Tuve muchísima suerte de caer ahí. Es cierto que yo lo busqué, pero también estoy muy agradecido porque me abrieron las puertas. Fueron dos años de muchísimo trabajo”, recuerda.
El primer año Juan se instaló solo en Brandsen y cada 20 días desandaba los 450 kilómetros para ver a su mujer y sus hijas. El segundo, las tres mujeres se mudaron con él. En una de las tantas exposiciones a las que concurrió tuvo una charla con Juan Pedro Massigoge, quien le ofreció que trabajara para él en la cabaña La Tortuga de Indio Rico. Casi en simultáneo recibió la misma propuesta de Hugo Buus, para La Segunda, en Orense. Su tarea en Los Abuelos estaba dando frutos.
La vida de los García pegó otro volantazo, y volvieron a Tres Arroyos. Juan empezó a trabajar part time con Massigoge y con Buus, y también fue contratado por Daniel Fuente en la cabaña Aitué. Pero además continuó la relación con Ezcurra y Aresi, quienes le delegaron el manejo de las cabañas que asesoraban en La Pampa. “Mi familia me regaló un Peugeot 206 bastante nuevo y le hice 300.000 kilómetros. Lo gasté”, cuenta como anécdota para describir que fueron años de trabajo intenso.
En el primer año de regreso a Tres Arroyos también se hizo tiempo para ir a sumar experiencia en Tres Marías, la cabaña líder que la familia Gutiérrez tiene en Benito Juárez. “Quería sumar horas de oficio, estar al lado de ellos, ver cómo trabajaban, seguir aprendiendo. Ellos son los número uno. Además de ganar conocimientos entablé una muy buena relación con ellos”, dice.
“Así me hice, bien de abajo, laburando, en la cabaña no hay nada escrito, es el día a día. Es muy artesanal. Entonces uno observa y ve que puede aportar”, revela.
Rústicos
En 2013 tras muy buenos resultados con Aitué en la Rural de Palermo, Sergio Amuchategui le propone hacer un remate en La Verbena, en Copetonas, con hacienda de algunos criadores de la zona. Fue el comienzo de Rústicos y otro evento destacado para la vida laboral de Juan.
“Pese a que no habían recibido invitación -porque no se nos hubiera ocurrido que podrían venir- al remate vinieron los 10 cabañeros más fuertes de la Argentina, y también de Uruguay. Llegaron por la publicidad y compraron. Vinieron los referentes de la raza que tenían que venir”, cuenta todavía hoy con asombro y satisfacción.
Al año siguiente, Juan y Sergio sumaron a la propuesta a Ignacio Añez (hermano de quien le diera trabajo en Los Abuelos) y el remate se trasladó a Benito Juárez por una cuestión de logística. Y Rústicos empezó a hacerse cada vez más grande y a potenciar a los criadores de Tres Arroyos y la región que forman parte del grupo, muchos de ellos asesorados por García. Más tarde llegaría la alianza con la consignataria cordobesa Alfredo S. Mondino y la trascendencia a nivel país.
Si hay algo que se destaca en cada remate de Rústicos, además de la calidad de la hacienda, es la uniformidad de los rodeos. Ahí está la mano de Juan. “He logrado una uniformidad. Ves el mismo tipo de animal en todas las cabañas que asesoro. Más que nada porque no me he dejado llevar por modas y mi fuerte siempre fue observar, y copiar. Yo no sé lo que hay que hacer, pero sí sé lo que no hay que hacer”, resume.
México
 A partir del buen trabajo que ha venido haciendo y de su relación con los Gutiérrez, Juan fue invitado en 2018 a jurar en las razas Angus, Hereford, Charolais y Brangus a un par de exposiciones a México. “Se dio porque clientes mexicanos que venían a comprarles acá me vieron trabajar con ellos. Me convocaron dos años seguidos”, dice.
En su segundo año, además de jurar le propusieron si quería empezar a asesorar a algunas cabañas y aceptó. Hoy está trabajando en cuatro establecimientos, tres en Jalisco y uno en Guanajuato. “Los mexicanos están recién descubriendo el Angus, lo cruzan con todas las razas. Allá la idea es que los animales tienen que ser muy pesados”, cuenta.
A esos proyectos, hay que sumarles los dos que tiene en San Luis y otro en La Pampa. Más los establecimientos que asesora en la provincia de Buenos Aires. “Acá estamos con mucho trabajo en Arandú, Don Abraham, y con Agroganadera San Ignacio en Juárez; y también en cabañas más comerciales o campos como los de Lebeck, Santagiuliana, y La Primavera Traful, que es una de las cabañas más viejas de la Argentina de Angus colorado, en las sierras de Coronel Suárez. Que hayan confiado en mí, es una de las satisfacciones más grandes que he tenido”, dice.
En cuanto al trabajo que le demanda cada uno de los establecimientos, Juan explica que “me dedico a armar los rodeos, organizar los servicios, las inseminaciones, seleccionar. Y también armar los equipos de trabajo, que es algo complicado hoy en día”.
Las dos caras 
Juan se hace cargo que tiene una manera de trabajar que tiene su lado positivo y también el negativo. “Donde estoy yo siempre se hace lo mismo, lo que digo yo. Eso se da así porque me tienen confianza y delegan todo en mí, y tiene que ver con que los resultados se dan. Los criterios en la ganadería son fundamentales, y cuando seguís siempre los mismos, se dan resultados similares”.
El productor Fernando Briones es asesorado por Juan desde hace más de una década y ratifica esos dichos. “El viene al campo, mira las vacas y los toros, y toma decisiones que a veces uno no entiende. Pero con el tiempo llegan los resultados, ves los animales que producís y te das cuenta que él tenía razón”.
El celular comienza a vibrar con demasiada insistencia, es un indicador de que la charla tiene que terminar. “Por lo general no son buenas noticias, son problemas que hay que resolver”, dice entre risas Juan. Pero antes de atender quiere agradecer a todos los que hicieron posible que se transformara en los que es hoy. En primer lugar, a su familia: “Marcela y mis tres hijas (a las gemelas después se les sumó Lola) me apoyan y me apoyaron siempre, imposible si no haber podido hacer todo esto”.
Y después, a los que “me dejaron entrar y trabajar con ellos, como los Ezcurra, los Firpo, los Gutiérrez, Massigoge…”. Todos tuvieron buen ojo para ver en Juan lo que él observa en un rodeo, el potencial.
Juan García integra un pequeño grupo de privilegiados 
Por Gabriel Varela 
Uno lo ve revisar el rodeo y dice, ‘esto sí, esto no’. Pasa por la manga, pesa, revisa, y le pone los puntos al criador. Cuando uno observa cómo trabaja Juan García se queman los libros.
Faltan muchas horas de corral para entender, tenés que tener el ojo ejercitado, un entendimiento bien campero para saber qué es lo funcional, lo viable y lo que no. Ahí creo que es donde prima el ojo bien profesional. Esta suerte de gimnasia que se da en el corral, de ver el rodeo y tener visión crítica no es común.
Hay gente que ha nacido con ese don, pero que a la vez lo ejercita, y yo de esos tipos tengo una tremenda admiración. Porque yo quisiera tener ese ojo. Juan tiene ese ojo privilegiado.
En el ambiente ganadero estos tipos, y los cuento con los dedos de la mano, son muy respetados. Son personas que no han tenido estudios y sin embargo tienen toda esa sabiduría y el reconocimiento general. Como Ignacio Corti Maderna, Norman Catto, gozan con el prestigio de ser jurados internacionales de las razas por tener el ojo tan beneficiado por Dios y a parte por haber sido consientes y trabajar ese ojo continuamente.
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